Debate “Império” Negri e Bensaid

Toni Negri-Daniel Bensaid: debate sobre “Imperio”.

 

 

El “imperio”, supremo estadio del imperialismo

 

Toni Negri

Le Monde Diplomatique, enero 2001

¿En qué difiere el sistema de dominación mundial del capitalismo del imperialismo tal y como lo definió la tradición marxista? ¿A qué transformaciones económicas, tecnológicas, sociales, y políticas responde esta evolución del mundo? ¿Y cuáles son las consecuencias para las luchas de los Estados occidentales, de los países en transición y del Tercer Mundo? He aquí las cuestiones centrales que trata Empire, un libro escrito por Toni Negri en colaboración con el estadounidense Michael Hardt. (Le Monde Diplomatique, enero- 2001)

Dos ideas fundamentales están la base de Imperio, el libro que he escrito a cuatro manos con Michael Hardt, entre la guerra del Golfo y la de Kosovo. La primera es que no existe un mercado global (en la forma en que se habla desde la caída del Muro de Berlín, es decir, no solamente como paradigma macro-económico sino como categoría política) sin forma de estructura jurídica, y que el orden jurídico no puede existir sin un-poder que garantice su eficacia. La segunda es que el orden jurídico del mercado global (que nosotros llamamos “imperial”) no enmarca simplemente una nueva figura del poder supremo que tiende a organizar: registra también nuevos potenciales de vida y de insubordinación, de producción y de lucha de clases.

Desde la caída del Muro de Berlín, la experiencia política internacional ha confirmado ampliamente esta hipótesis. Ha llegado pues el momento de abrir una verdadera discusión y de verificar de forma experimental, los conceptos (mejor, las denominaciones) que nosotros proponemos, con el fin de renovar la ciencia política y jurídica a partir de la nueva o organización del poder global.

Habría que estar loco para negar que actualmente existe un mercado global. Basta pasearse por Internet para convencerse de que esta dimensión global del mercado no representa solamente una experiencia originaria de la consciencia económica, o incluso el horizonte de una amplia práctica de la imaginación (como nos cuenta Fernand Braudel a propósito del final del Renacimiento), sino una organización actual. Más aun: un nuevo orden.

El mercado mundial se unifica políticamente en torno a lo que, desde siempre, se con ce como signos de soberanía: los poderes militar, monetario, comunicacional, cultural y lingüístico. El poder militar por el hecho de que una sola autoridad posee toda la panoplia del armamento, incluido el nuclear; el poder monetario por la existencia de una moneda hegemónica a la que está completamente subordinado el mundo diversificado de las finanzas; el poder comunicacional se traduce en el triunfo de un único modelo cultural, incluso al final de una única lengua universal. Este dispositivo es supranacional, mundial, total: nosotros lo llamamos “Imperio”.

Pero todavía hay que distinguir esta forma 1 imperial de gobierno de lo que se ha lla..do durante siglos el “imperialismo”. Por ese término entendemos la expansión del Estado-nación más llá de sus fronteras; la creación de re laciones coloniales (a menudo camufladas tras el señuelo de la modernización) a expensas de pueblos hasta entonces ajenos al proceso eurocentrado de la civilización capitalista; pero también la agresividad estatal, militar y económica, cultural, incluso racista, de naciones fuertes respecto a naciones pobres.

En la actual fase imperial ya no hay imperialismo -o, cuando subsiste, es un fenómeno de transición hacia una circulación de valores y poderes, a escala del Imperio. Lo mismo que ya no hay Estado-nación: se le escapan las tres características sustanciales de la soberanía -militar, política, cultural-, absorbidas o reemplazadas por los poderes centrales del Imperio.

Desaparece o se extingue así la subordinación de los antiguos países coloniales a los Estados-nación imperialistas, al igual que la jerarquía imperialista de los continentes y de las naciones: todo se reorganiza en función del nuevo horizonte unitario del Imperio.

¿Por qué llamar “Imperio” (insistiendo sobre la novedad de la fórmula jurídica que el término implica) a lo que podría considerarse simplemente corno el imperialismo norteamericano posterior a la caída del Muro de Berlín? Sobre esta cuestión, nuestra respuesta es clara: contrariamente a lo que sostienen los últimos defensores del nacionalismo, el Imperio no es norte americano; además, en el transcurso de su historia, Estados Unidos ha sido mucho menos imperialista que los británicos, los franceses, los rusos o los holandeses. No, el Imperio es simplemente capitalista: es el orden del “capital colectivo”, esa fuerza que ha ganado la guerra civil del siglo XX.

Por tanto, luchar contra el Imperio en nombre del Estado-nación pone de manifiesto una total incomprensión de la realidad del mandato supranacional, de su imagen imperial y de su naturaleza de clase: es una mixtificación. En el Imperio del “capital colectivo” participan tanto los capitalistas norteamericanos como sus homólogos europeos, lo mismo quienes construyen su fortuna sobre la co rrupcion rusa como los del mundo árabe, de Asia o de Africa, que pueden permitirse enviar sus hijos a Harvard y su dinero a Wall Street.

Un orden más eficaz, más totalitario Está claro que las autoridades norteamericanas no podían rechazar su papel de gobierno imperial. Sin embargo Michael Hardt y yo pensamos que habría que matizar esto. En adelante, la propia formación de las elites norteamericanas dependerá ampliamente de la estructura multinacional del poder. El poder “monárquico” de la presidencia norteamericana sufre la influencia del poder “aristocrático” de las grandes empresas multinacionales, financieras y productivas, lo mismo que ha de tener en cuenta la presión de las naciones pobres y la función movilizadora de las organizaciones de trabajadores, en resumen, del poder “democrático” de los representantes de los explotados y excluidos.

De ahí la reactualización de una definición del poder imperial “a lo Polibio” (1), que daría a la Constitución norteamericana una expansión que le permitiera desarrollar, a escala mundial, una multiplicidad de funciones de gobierno e integrar en sus propias dinámicas la construcción de un espacio público mundial. El famoso “fin de la historia” consiste, precisamente, en este equilibrio de las funciones real, aristocrática y democrática, fijado por una Constitución norteamericana ampliada de manera imperial al mercado mundial.

En realidad, muchas de las pretensiones dominadoras del Imperio son completamente ilusorias. Lo que no impide, sin embargo, que su orden jurídico, político y soberano sea sin duda más eficaz (y, desde luego, más totalitario) que las formas de gobierno que le han precedido. Porque se arraiga progresivamente en todas las regiones del mundo, influyendo sobre la unificación económico-financiera como un instrumento de autoridad del derecho imperial. Y lo que es peor, profundiza su control sobre todos los aspectos de la vida.

Por eso subrayamos la nueva cualidad “biopolítica” del poder imperial, con el acontecimiento que ha significado su emergencia; a saber, el paso de una organización “fordista” del trabajo, a una organización “postfordista”, y del modo de producción manufacturero a formas de valorización (y de explotación) más amplias: formas sociales, inmateriales; formas que invaden la vida en sus articulaciones intelectuales y afectivas, los tiempos de producción, las migraciones de los pobres a través de los continentes… El Imperio construye un orden biopolítico porque la producción se ha hecho biopolítica.

En otras palabras, mientras que el Estado-Nación se sirve de dispositivos disciplinarios para organizar el ejercicio del poder y las dinámicas del consenso, construyendo así, a la vez, cierta integración social productiva y modelos de ciudadanía adecuados, el Imperio desarrolla dispositivos de control que invaden todos los aspectos de la vida y los recomponen a través de esquemas de producción y de ciudadanía que corresponden a la manipulación totalitaria de las actividades, del medio ambiente, de las relaciones sociales y culturales, etc.

Si bien la deslocalización induce a la movilidad d y a la flexibilidad sociales, aumenta también la estructura piramidal del poder y el control global de la dinámica de las sociedades afectadas. Este proceso pare-* ce ahora ya irreversible, bien se trate del paso de las naciones al Imperio, del desplazamiento de la producción de la riqueza de las fábricas a la sociedad y del trabajo a la comunicación, o bien de la evolución de modos de gobierno disciplinarios hacia procedimientos de control.

¿Cuál es la causa de esta transición? En nuestra opinión, es el resultado de las luchas de la clase obrera, de los proletarios del Tercer Mundo y de los movimientos de emancipación que han atravesado el antiguo mundo del socialismo real. Se trata de una aproximación marxiana: las luchas que generan el desarrollo, los movimientos del proletariado producen la historia.

Así, las luchas obreras contra el trabajo taylorizado aceleraron la revolución tecnológica que, a su vez, condujo a la socialización y a la informatización de la producción. Igualmente, el irreprimible empuje de la fuerza de trabajo en los países post-coloniales de Asia y Africa engendró a la vez sobresaltos en la productividad y movimientos de población que han convulsionado las rigideces nacionales de los mercados de trabajo. Finalmente, en los países llamados socialistas, el deseo de libertad de la nueva fuerza de trabajo técnica e intelectual hizo saltar la vetusta disciplina socialista y, por lo mismo, destruyó la artificial distorsión estalinista del mercado mundial.

La constitución del Imperio representa la reacción capitalista a la crisis de los viejos sistemas que servían para disciplinar la fuerza del trabajo a escala mundial. Al mismo tiempo inauguró una nueva etapa de lucha entre los explotados y el poder del capital. El Estado-nación, que encerraba la lucha de clases, agoniza, como lo hicieran antes que él el Estado colonial y el Estado imperialista.

Atribuir a los movimientos de la clase obrera y del proletariado esta modificación del paradigma del poder capitalista es afirmar que los hombres extraen su liberación del modo de producción capitalista. Y es tomar distancias respecto a los que derraman lágrimas de cocodrilo por el final de los acuerdos corporatistas del socialismo y del sindicalismo nacional, como los que lloran por la belleza del tiempo pasado, nostálgicos de un reformismo social impregnado del resentimiento de los explotados y de los celos que -a menudo- se disfraza de utopía.

No, nos encontramos dentro del mercado mundial, E intentamos ser los intérpretes de esa imaginación que soñó, un día, con unir a las clases explotadas en el seno de la Internacional comunista. Porque vemos cómo de ahi nacen fuerzas nuevas.

¿Las luchas pueden convertirse en lo suficientemente masivas e incisivas como para desestabilizar, e incluso desestructurar la compleja organización del Imperio? Esa hipótesis incita a los “realistas” de todo pelaje a la ironía: ¡El sistema es tan fuerte! Pero, para la teoría critica, una utopía razonable no tiene nada de raro. Además, no hay otra alternativa porque-estamos siendo explotados y dirigidos en este Imperio, y no en otro lugar. Imperio que representa la actual organización de un capitalismo en plena reestructuración, después de un siglo de luchas proletarias sin equivalente en la historia de la humanidad. Nuestro libro supone, por tanto, cierto deseo de comunismo.

De hecho, el tema central que aparece a través de todos estos análisis se reduce a una sola cuestión:
¿cómo puede estallar, en el Imperio, la guerra civil de las masas contra el capital mundo? Las primeras experiencias de batallas, declaradas o subterráneas, en este nuevo territorio del poder, proporcionan tres índices preciosos. Estas luchas exigen, aparte de un salario garantizado, una nueva expresión de la democracia en el control de las condiciones políticas de reproducción de la vida. Se desarrollan en los movimientos de poblaciones más allá del marco nacional, aspirando a la supresión de las fronteras y a una ciudadanía universal. Comprometen a individuos y multitudes que intentan reapropiarse de la riqueza producida gracias a instrumentos de la producción que, a causa de la revolución tecnológica permanente, se han convertido en propiedad de los sujetos; más aun en auténticas prótesis de sus cerebros.

La mayor parte de estas ideas nació durante las manifestaciones parisienses del invierno de 1995, aquella “Comuna de París bajo la nieve” que exaltaba mucho más que la defensa de los transportes públicos:
el auto-reconocimiento subversivo de los ciudadanos de las grandes ciudades. Nos separan algunos años de aquella experiencia. Sin embargo, en todos los lugares en que se han llevado a cabo luchas contra el Imperio, han puesto de manifiesto un fenómeno por el que se han empleado a fondo: la nueva conciencia de que el bien común es tan decisivo en la vida como en la producción, tanto más que el bien “privado” y el “nacional”, por utilizar términos envejecidos. Sólo el “común (2) se dirige contra el Imperio.

Notas

(1) Nacido entre el año 210 y el 202, Polibio, exilado en Roma tras el hundimiento de la potencia macedonia, se convirtió en el principal historiador de la victoria de Roma sobre Cartago, y de la expansión romana hacia Oriente. Pragmático, intentó explicar las causas de los acontecimientos históricos que presenció. Murió alrededor del 126 antes de J. C.

(2) De la Redacción: El “común” es un concepto en el que trabaja Toni Negri. No es el “bien común” sino el “común”, en referencia a Spinoza.

* Toni Negri es antiguo dirigente histórico del grupo Pottere Operaio, Negri cumple actualmente, en la cárcel de Rebibbia (Roma) una pena de treinta años de prisión por ‘insurrección armada contra el Estado” y de cuatro años y medio por “responsabilidad moral” en los enfrentamientos entre militantes y policía en Milán, entre 1973 y 1977 Tiene derecho a salir durante el día. En su exilio de catorce años en París [antes de su ingreso en prisión] fue agregado de cursos en la Escuela Normal Superior y profesor en la Universidad París VIII, así como en el Colegio Internacional de Filosofía.

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Un libro de M. Hardt y A. Negri.

¿El Imperio, estadio terminal?

Daniel Bensaid *

Rouge, 26-4-01, traducción de Alberto Nadal

El libro de Michael Hardt y Antonio Negri, “Imperio” (1), ha obtenido una acogida más que calurosa por parte de eminentes intelectuales. Un elogio a veces excesivo, pero justificado en la medida en que se trata de saludar un esfuerzo de síntesis interdisciplinaria en el lado opuesto al pensar en migajas, que aborda la gran “travesía” en el que el mundo se ha embarcado desde un punto de vista materialista postmarxista, alimentado en Spinoza y Maquiavelo, Deleuze y Foucault.

Si es imposible abarcar aquí todas las cuestiones tratadas, la tesis central está, sin embargo,  bien resumida por el título de la obra, “Imperio”. Michael Hardt y Toni Negri registran sin nostalgia las consecuencias del paso de la modernidad a la post-modernidad. Saludan esta “transición capital en la historia contemporánea” como la llegada de una liberación y la oportunidad de una política del mestizaje y del nomadismo, opuesta a las lógicas binarias y territoriales de la modernidad. Registran sin lamentarse el declive de las soberanías estatales y nacionales en beneficio de un Imperio sin límites: mientras que el imperialismo clásico significaba la expansión del Estado- Nación fuera de sus fronteras, no habría ya, en la actual fase imperial, estados naciones ni imperialismo: a este nuevo dispositivo “supranacional, mundial, total, le llamamos Imperio”. (2) El Imperio no es pues americano ­ni por otra parte europeo-  sino “simplemente capitalista”.

“Sin exterior”

Se habría formado, al final de la guerra fría, a través de la concentración de un capital transnacional y las operaciones de policía en el Golfo o los Balkanes. Representaría “una nueva forma de poder”, no-lugar pascaliano cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Aboliendo la frontera entre una parte interna y otra externa, el Imperio estaría en adelante sin exterior.  Esta situación haría obsoletas las preocupaciones de la “vieja escuela revolucionaria”. Pondría al orden del día una contra-mundialización, animada por un deseo inmanente de liberación. “Ser republicano, hoy” consistiría en “luchar en el interior del Imperio, y en construír contra él en terrenos híbridos y fluctuantes”. En su ambición totalizante, la hipótesis es seductora. Su justificación es, sin embargo, a menudo frágil, empírica y conceptualmente.

El análisis de la realidad actual de la acumulación capitalista permanece evasiva y el mercado mundial, cuando no es relegado a un segundo plano tenebroso, se reduce a una abstracción. ¿Cuál es la relación precisa de la concentración del capital con  su localización territorial y sus logísticas estatales (monetarias y militares)?. ¿Cuáles son las estrategias geopolíticas actuantes? ¿Cómo opera la tensión entre un derecho supranacional emergente y un orden mundial que reposa aún en una estructura interestatal?. ¿Cuál es la relación entre movilidad de capitales y de mercancías, control de los flujos de mano de obra, y nueva división internacional del trabajo?. Que las dominaciones imperiales no puedan ya ser pensadas en los términos en que lo fueron a comienzos del siglo por Luxemburgo o Hilferding, que  sea útil retomar el debate entre Lenin y Kautsky sobre el ultra-imperialismo, no significa que se pueda prescindir de esos clásicos  sin reexaminar lo que ha cambiado. Si el Imperio funciona “sin exterior”, toda la cuestión está en saber cómo el desarrollo desigual y combinado necesario para su metabolismo ha podido ser “interiorizado” bajo forma de un sistema transformado de dominaciones y de dependencias.

La “multitud”

A falta de precisiones, la tesis de Hardt y Negri duda y evoca, en su parte orientada hacia el futuro, una proposición finalmente modesta, cuya osatura está constituída por la renta universal, la libre circulación y el bien común.  Se oscila entre una resistencia sin horizonte de ruptura, y una tentación catastrofista según la cual  toda insumisión al orden del capital se convertiría en inmediatamente subversiva: al haber agotado su espacio de expansión el capital, sus contradicciones se harían cada vez más insuperables. Hardt y Negri se defienden de toda profecía del hundimiento evocando la vieja “Zusammenbruch Theorie” (De la Redacción: “teoría del derrumbre”) de la III Internacional. Se preguntan como las resistencias y las acciones de la multitud pueden “convertirse en políticas”. Pero “esta tarea de la multitud queda más bien abstracta”. ¿Qué practicas concretas van a animar este proyecto político? “No se puede decir por el momento”. Hardt y Negri mantienen sin embargo que el orden imperial “abre la posibilidad real de su derrocamiento y nuevas potencialidades de revolución”.

La dificultad proviene en gran medida de la insuficiente clarificación político filosófica del concepto de multitud, que en principio sustituiría a los de pueblo o de clase. Esta multitud puede, como la clase, representar el reflejo isomorfo del orden imperial o del “nuevo espíritu del capitalismo”.

Para conjurar los efectos de la reificación y de la alienación mercantiles , no hay que contentarse con fórmulas que opongan la multitud al pueblo, los flujos desterritorializados al patrullaje de fronteras, la reproducción biopolítica a la producción económica. Hardt y Negri saben que la mercática, “posmoderna avant la lettre”, puede intervenir en la pluralidad y transformar “cada diferencia en oportunidad” de consumo. Saben también que la apología de contrapoderes locales puede expresar una impotencia frente al poder sin más. Saben que “la hibridación, la movilidad y la diferencia no son liberadoras en si mismas” y que no basta con oponer al “pueblo” mítico, “síntesis instituida preparada para la soberanía” tendiente a lo homogéneo y lo idéntico, una multitud “hecha de individualidades  y de multiplicidades irreductibles”. No dejan de afirmar que, en la post modernidad, el “subyugado sumiso” habría “absorbido al explotado”, y la “multitud de la pobre gente” habría “tragado y digerido a la multitud proletaria”. Esta apuesta sobre la multitud se aproxima paradójicamente a una representación populista, haciendo de los rechazados del mundo “el fundamento de la multitud” y “también el fundamento de toda posibilidad de humanidad”.

¿Qué salida?

Finalmente, Hardt y Negri parecen utilizar en el sentido de una periodización cronológica la noción problemática de posmodernidad. Conciben entonces modernidad y posmodernidad como épocas sucesivas y no como dos lógicas culturales complementarias y contradictorias de la acumulación del capital: centralización de un lado, fragmentación del otro; cristalización del poder y disolución generalizada; petrificación de los fetiches y fluidez de la circulación mercantil. La separación en el tiempo de estas tendencias gemelas hace aparecer el nuevo orden imperial como “posmoderno”, “poscolonial” y “posnacional”. Refuerza la ilusión del “después”.

En realidad, el orden imperial mundializado no suprime el antiguo orden de las dominaciones interestatales. Se superpone a él. Sacando conclusiones extrapoladas de tendencias aún contradictorias, la fórmula de “El Imperio, estadio supremo del imperialismo” corre el mismo riesgo que la del imperialismo “estadio supremo del capitalismo”: el de una interpretación catastrofista en sentido único, para la que el “estadio supremo” se convierte en estadio terminal, sin salida alguna. La política, como arte de las relaciones de fuerzas y de los contratiempos, se hace entonces soluble en el punto de fusión entre los límites del capital y los deseos ilimitados de la multitud.

Notas

(1)  “Empire”, ediciones Exils, 560 pg., París 2000.

(2) A. Negri, “L´Empire, stade supreme de l´imperialisme”, Le Monde Diplomatique, enero 2001.

* Daniel Bensaid. Profesor de filosofía, militante del Mayo 68, miembro de la Liga Comunista Revolucionaria (sección francesa de la IV Internacional). Autor de Marx l´intempestif. Grandeurs et miserees d´ une aventure critique (XIX – XX siécles). Marx el intempestivo. Grandezas y miserias de una aventura crítica. (Siglos XIX- XX) Fayard, París 1995. También editado en portugués por editorial Civilizacao Brasileira, Río de Janeiro 1999.

 

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